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Cuentos con moraleja: "Cuando la fruta no alcanza"

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Publicado por el P. Lucas Prados en www.adelantelafe.com

Cuenta la historia que tres montañeros que se habían ido a escalar a los Andes, se perdieron en la montaña como consecuencia del mal tiempo, la nieve y el desconocimiento del terreno. Durante tres días estuvieron andando sin rumbo y sin esperanza. Por más que buscaron no encontraron ningún poblado, ni cabañas, ni personas que les pudieran dar alguna indicación e incluso algo de alimento. Al final, lo único que les quedó para comer fue una manzana, por lo que empezaron a pasar hambre. En esto que se les apareció Dios y les dijo que probaría su sabiduría, y que dependiendo de lo que respondieran Él les salvaría.

Les preguntó entonces Dios qué podían pedirle para arreglar aquel problema y que todos se alimentaran.

El primero dijo:

“Pues que aparezca más comida”.

Dios contestó que era una respuesta sin sabiduría, pues no se debe pedir a Dios que aparezca mágicamente la solución a los problemas, sino trabajar con lo que se tiene.

Dijo el segundo entonces:

“Entonces haz que la manzana crezca para que sea suficiente”.

A lo que Dios contestó que no, pues la solución no es pedir siempre multiplicación de lo que se tiene para arreglar el problema, ya que el hombre nunca queda satisfecho y por ende nunca sería suficiente.

El tercero dijo entonces:

“Mi buen Dios, aunque tenemos hambre y somos orgullosos, haznos pequeños a nosotros para que la fruta nos alcance”.

Dios dijo:

“Has contestado bien, pues cuando el hombre se hace humilde y se empequeñece delante de mis ojos, verá la prosperidad”.

……………………………………..

Y ahora dígame sinceramente, ¿se le había ocurrido a usted esta solución?

Se nos enseña siempre a que otros arreglen los problemas o a buscar la salida fácil.Pedimos a Dios que arregle todo sin que nosotros tengamos que cambiar o sacrificar nada. Por eso muchas veces parece que Dios no nos escucha, pues pedimos sin dejar nada de lado y queriendo siempre salir ganando.

En cuántas ocasiones nos ha dicho Jesús en los Evangelios que nos hagamos pequeños (Mt 18:3), que seamos los últimos (Mt 20:26), que renunciemos a todo (Mt 19:21); pero a la hora de la verdad, no suele ser una de las posibles soluciones que barajamos cuando intentamos buscar una posible solución a nuestros problemas. Lo más normal es que queramos ser grandes, tener de todo sin renunciar a nada, ser los primeros en todo (menos a la hora de trabajar y sufrir); y es que nos sabemos el Evangelio de memoria, pero de ahí a vivirlo, va mucho trecho.

Intentemos vivir tal como Cristo nos enseña; entonces, veremos los problemas, y en general el mundo que nos rodea, de un modo muy diferente; y lo que es más importante, los resolveremos tal como Cristo quiere.

Padre Lucas Prados

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¿Qué hacer para convertir a mi esposo?

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CONVERTIR AL ESPOSO

“Lo que más toca el corazón de Dios es nuestra perseverancia, porque es la prueba de la verdadera fe que nunca desfallece”. Por algo nos ha puesto Cristo la parábola de la viuda inoportuna que, tras su insistencia logró el favor del juez. (Lucas 8,1-8)
 
Muchísimas mujeres sufren porque aman a Dios y quieren vivir según sus mandamientos, pero sus maridos están lejos de eso. Esto se debe a que el corazón de la mujer es más sensible y delicado que el del hombre. Dios la ha hecho con más capacidad para acoger su amor y entregarse a Él, sin duda, el corazón femenino está más orientado a Dios. Es raro ver a una mujer sin fe y, al mismo tiempo, es algo muy triste porque es una violencia a su naturaleza femenina y materna.
 
Muchas mujeres de Dios viven un gran drama: “mi marido no se convierte”. Ya oí muchas veces este lamento: “Ya hice de todo; pero él no va hacia Dios, no va a la iglesia conmigo, no se confiesa...".
 
Sé que ocurre también al revés; hay hombres comprometidos en la Iglesia, cuyas esposas no los acompañan, pero esto sucede mucho menos.
 
¿Qué hacer?
 
1) Primero que todo, debes mantener la paciencia y la calma.
 
La estrategia del demonio es que te desesperes y desanimes, de forma que abandones tu cruz antes de tiempo. Debes entender que esta cruz (la falta de conversión de tu marido) es parte de tu matrimonio. Cuando Dios te confió a este hombre, con él te entrego una misión, hacer crecer en la fe a este hombre para su salvación. Dios te encomendó esta misión el día de tu matrimonio para que la construyas cada día con paciencia, oración, fe, lágrimas, sacrificios y demás. Dios espera de ti que algún día le devuelvas a este hombre siendo mejor de lo que lo has recibido. (Lee 1 Pedro 3,1-7)
 
2) Asume tu cruz con amor.
 
No vivas esta situación de mala gana, no tendrías méritos ante Dios. No la rechaces y la saques fuera del camino, esta cruz te santificará y dará un sentido profundo a tu matrimonio. Ama tu cruz para poder encontrar la salvación.
 
3) No pelees con tu esposo a causa de Dios.
 
Él tiene su tiempo de actuar porque respeta la libertad del hombre sin la cual no sería a su Imagen y semejanza. Dios sabe esperar “la hora de la gracia” para actuar, por lo que tú también tienes que esperar: “Únete al Señor y no te separes, para que al final de tus días seas enaltecido” (Eclo 2,3). No le hagas resistencia a tu marido; no lo enfrentes, espera que la gracia de Dios mueva su alma… Sé dócil con él, ámalo de todo corazón, conquístalo para ti, para que después, puedas conquistarlo para Dios.
 
4) Reza constantemente por él, sin desanimarte jamás.
 
Esta es la voluntad del Señor: “Después le enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse..” (Lc 18,1).
 
¿Pero, hasta cuándo tendré que rezar por la conversión de mi marido? Ya estoy cansada.
 
http://oracionesydevocionescatolicas.com/santa_brigida_doce.htm
Recomendamos sólo esa página, pues no 
hemos analizado todo ese blog.
La respuesta es, siempre. Hasta que la muerte los separe, cumpliendo cada día, hasta el último de tu vida, la promesa que hiciste en el altar de amarlo en la tristeza y la alegría, en la salud y la enfermedad, amándolo y respetándolo todos los días de su vida.
 
Lo que más toca el corazón de Dios es nuestra perseverancia, porque es la prueba de fe verdadera que nunca desfallece; por eso Jesús dijo: “Pero el que se mantenga firme hasta el fin se salvará” (Mt 24,13). Observe que Jesús dice “hasta el fin”, la perseverancia es para siempre. Para Dios, luchar es más importante que vencer.
 
Te cuento la historia de una mujer como tú.
 
Elizabeth Leseur fue una gran cristiana que vivió por la época del 1900. Era una francesa culta y fervorosa, amiga de las artes, las letras, la filosofía, etc., casada con un hombre culto y destacado en la sociedad francesa; pero ateo, que no acompañaba la fe de Elizabeth. Era el famoso Sr. Marie–Albert Leseur.
 
Elizabeth rezó y se inmoló toda su vida por la conversión de su esposo, lo acompañaba a los más altos eventos sociales donde Dios estaba ausente, y su alma lloraba en silencio y oblación a Dios; hasta que un día ella falleció sin ver la conversión de su marido.
 
Pero Elizabeth había escrito un diario espiritual, y un bello día su esposo lo encontró tras su muerte, y lo leyó con interés. Fue suficiente para que se convirtiera profundamente.
 
Al leer aquella páginas llenas de fe y de sufrimiento ofrecido a Dios diariamente, aquel hombre fue tocado profundamente y entendió que había vivido al lado de un ángel sin notar nunca su presencia. Ahora derramaba lágrimas de tristeza por no haber vivido aquella fe maravillosa al lado de su esposa fallecida.
 
Su conversión fue tan profunda que dejó el mundo, abandonó las esferas sociales donde era exaltado y se hizo fraile dominico; fray Marie-Albert Leseur.
 
Desde el cielo Elizabeth convirtió a su Albert. Después él publicó: La Vida de Elizabeth Leseur” (Irmãos Pongetti editores, Río de Janeiro, 7ª edición, 1931). Toda mujer que sufre este dolor debería leer esta obra.
 
Tú, que aún no has visto a tu marido convertirse, Elizabeth lo convirtió para Dios después de la muerte. Ella lo ayudó a conocer a Dios. Al final, esto es lo que importa
 
Por lo tanto, no se desanime jamás, no se canse ni desista de esta misión que Dios le dio de salvar a este hombre. Tal vez sea usted la única criatura en este mundo que pueda ayudar a Dios a llevarlo hasta Él. Y esta será su mayor obra en este mundo.

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La responsabilidad de los padres ante Dios

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EJEMPLO ARRASTRA
 
Los padres que se ocupen en educar bien a sus hijos no serán confundidos, en el juicio particular y en el juicio universal. Triste, no obstante, será el juicio de padres apenas empeñados en gozar la vida y despreocupados de la educación de su prole.
* * *
 
Teniendo en vista la intensa y creciente oposición a las enseñanzas de la Santa Iglesia observada en nuestros días, es nuestro deber propagar la moral católica tradicional.
 
Los padres deberán prestar cuentas a Dios por cada hijo que se pierda por su negligencia — Amonestación materna, Ferdinand Georg Waldmüller, 1850
 
En ese sentido, es notorio el conflicto entre dos categorías de personas: los que desean formar acertadamente a sus familias de acuerdo con esas enseñanzas tradicionales; y aquellos que, debido a las influencias del neopaganismo actual —como las provenientes de la televisión, que invade incontables hogares con telenovelas y otros programas de tenor anticatólico—, tratan de adaptarse a las máximas de la mentalidad moderna.
 
Un hijo puede llegar a desviarse de los buenos
 principios recibidos, pero esa semilla latente
le puede permitir abrirse de nuevo a la gracia
y retornar como el hijo pródigo
Acción Familia procura ofrecer a todos los que desean mantener la fidelidad integral a la moral católica, subsidios para resistir valientemente a la avalancha que busca desagregar y hasta extinguir la familia, célula mater de la sociedad.
 
En su obra Revolución y Contra-Revolución, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira denuncia claramente tal objetivo de la Revolución, multisecular proceso que viene destruyendo la civilización cristiana. Así, en el capítulo 7 (Primera Parte, n. 3, f) declara: “Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos”.
 
Como poderoso auxilio para los padres de familia, transcribimos algunos principios que el gran Doctor de la Iglesia, San Alfonso María de Ligorio, fundador de los Redentoristas, proclamó en sus sermones*:
 
Cuando Dios bendice a los padres dándoles hijos, lo que Él tiene en vista no es la ventaja de la casa; sino que los hijos sean educados en el santo temor y formados para la salvación eterna. De ahí estas palabras de San Juan Crisóstomo: “Miremos a los hijos como precioso depósito, velemos por ellos con toda la solicitud posible”. Si los hijos fuesen un don ofrecido apenas a los padres, estos podrían disponer de ellos como quisiesen; pero como son un simple depósito, los padres deberán prestar cuentas a Dios por cada hijo que se pierda por su negligencia.
 
Consecuencias de una buena o mala formación
 
Quien quiera saber si la conducta de un padre de familia es buena o mala, examine la conducta del hijo.
 
A fin de que comprendamos que viviendo según la voluntad de Dios los padres atraen las bendiciones celestiales sobre ellos y sobre toda la casa, la Sagrada Escritura dice: “Así serán felices, tú y tus hijos después de ti, porque habrás realizado lo que es bueno y recto a los ojos del Señor, tu Dios” (Deut. 12, 25). Quien quiera saber si la conducta de un padre de familia es buena o mala, examine la conducta del hijo. “El árbol se conoce por su fruto” (Mt. 12, 33), dice Nuestro Señor. Cuando un padre de familia muere, pero deja un hijo, es como si él no hubiese muerto, pues ese hijo lo perpetúa, lo continuará. “Muere el padre, y es como si no muriera, porque deja detrás de sí a uno igual a él” (Eclo. 30, 4). Por los hijos que blasfeman, que dicen palabras impuras o roban, se puede advertir los vicios del padre. Pues, dice el Eclesiástico, “Un hombre se conoce por los hijos que deja” (Eclo. 11, 30).
 
Responsabilidad de los padres
 
La educación consiste no sólo en decir qué deben 
hacer, sino en sembrar convicciones.

¿Las estás realmente sembrando?
Tranquila y feliz será la muerte de los padres y madres de familia que forman a sus hijos en la vida cristiana. “Mientras viva, se alegrará de verlo, y a su muerte, no sentirá ningún pesar” (Eclo. 30, 5). Y dice San Pablo: “se salvará por su maternidad mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad” (1 Tim. 2, 15). Gracias a la buena educación que les habrán dado. Al contrario, muy triste y hasta desesperada, será la muerte de aquellos padres que únicamente se preocupan en aumentar la fortuna y el brillo de su casa, para gozar la vida, sin preocuparse en lo más mínimo en educar a sus hijos. “Si alguien —dice aún San Pablo— no tiene cuidado de los suyos, principalmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un infiel” (1 Tim. 5, 8).
 
¡Si al menos ciertos padres cuidasen de sus hijos tanto cuanto de sus animales(N. de la R.: hoy: de sus autos, negocios, fincas y propiedades)! ¡Cuánta solicitud para que nada les falte! ¡Qué atención para que la comida les sea dada a su tiempo! Y, con la atención enteramente puesta en ello, no se preocupan si sus hijos conocen o no el catecismo, si asisten a misa y se confiesan. “¡Sí —lamenta San Juan Crisóstomo—, caballos y bueyes les toman más el corazón que los propios hijos!”
 
Consecuencias de la negligencia de los padres
 
Para los hijos, cuando aún son niños, es fácil adquirir buenos hábitos, es difícil al hombre maduro corregirse de los malos hábitos contraídos en la mocedad. Es una gran desgracia para los hijos tener malos padres, no sólo incapaces de educarlos, sino, peor aún, indiferentes a sus conductas: que ven a sus hijos en malas compañías, discutiendo, divirtiéndose con amistades sórdidas, y, en vez de reprenderlos y castigarlos, los excusan diciendo: “No se puede hacer nada, son cosas de la juventud”. ¡Bella máxima… bella educación…!
 
Así como para los hijos, cuando aún son niños, es fácil adquirir buenos hábitos, es difícil al hombre maduro corregirse de los malos hábitos contraídos en la mocedad.
 
Pasaremos al segundo punto, y yo os suplico, padres y madres de familia, que retengáis bien esto que os diré sobre la manera de educar bien a vuestros hijos.
 
La disciplina comprende la enseñanza de la religión y de la moral
 
¿En qué consiste precisamente la buena educación de los hijos? San Pablo lo dice claramente en dos palabras: “Educad a vuestros hijos en la disciplina y en la corrección del Señor” (Ef.6,4).
 
 

 

 
La hija no aprenderá a vestir con
modestia si la madre no le pone
primero el ejemplo
En primer lugar, por disciplina, es necesario comprender todo lo que los padres deben hacer para formar a los hijos en las buenas costumbres. Consiste en instruirlos y darles buen ejemplo.
 
Que los padres tengan ante todo el deber de enseñar a los hijos el temor de Dios y la fuga del pecado. Así hacía el justo Tobías con relación a su hijo. En efecto, leemos en la Sagrada Escritura: “Al cual enseñó desde la infancia a temer a Dios y abstenerse de todo pecado” (Tob. 1, 10).
 
¡Qué consolaciones y qué alegrías el Cielo reserva en recompensa por la solicitud de los padres cristianos! Sí, dice el Sabio: “Corrige a tu hijo, y él te dará tranquilidad y colmará tu alma de delicias” (Prov. 29, 17). Pero, si el hijo bien instruido es la alegría de sus padres, los hijos ignorantes los llenan de tristezas; pues, ignorar las reglas de la vida cristiana y comportarse mal, es una sola cosa.
 
Cuenta Tomás de Cantimpré que, en 1248, un sacerdote fue encargado de hacer un discurso al clero de París reunido en sínodo. Este sacerdote era muy ignorante y, estando en la presencia de su auditorio, se confundió completamente. Entonces el demonio vino en su ayuda y le sugirió que pronunciase las siguientes palabras: “Los príncipes de las tinieblas saludan a los príncipes de la Iglesia, y les agradecemos vivamente por la negligencia en instruir al pueblo. Pues, las almas estancadas en la ignorancia, siguen el camino del mal y llegan al infierno”. Semejante lenguaje bien se podría dirigir a ciertos padres de familia (N. de la R.: y a ciertos clérigos modernistas actuales).

Rezad el Rosario en familia

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