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Cuentos con moraleja: "El agua que quería ser fuego"

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Publicado por el P. Lucas Prados en www.adelantelafe.com

Cuando en el infinito amor de Dios cada uno de los hombres fue creado, fue dotado de una serie de talentos, talentos que Dios quiso especialmente para cada uno y que nosotros hemos de hacerlos crecer.

Una de las cosas que más nos cuesta aprender en esta vida es reconocer las facultades que Dios nos dio. Con mucha frecuencia tenemos envidia porque fulanito recibió más talentos que yo, o porque tiene aptitudes que a mí me gustaría tener; y no sabemos que cada uno de nosotros es el resultado del amor personal de Dios, y si así nos quiso es porque era lo mejor para nosotros. Con mucha frecuencia el hombre tarda años en ser consciente de ello; es más, hay personas que nunca se dan cuenta o no terminan de aceptarlos. No hemos de tener envidia de los demás y de sus talentos, estemos contentos con los nuestros y esforcémonos en hacerlos crecer. Precisamente en el éxito de cumplir esta misión estará nuestra felicidad aquí en la tierra y luego, el regalo eterno del cielo (Mt 25: 14-30).

Yo recuerdo cuánto me costó aceptarme como Dios me había hecho. Me habría gustado ser un poco más listo, más honesto, más alto, más guapo… Con frecuencia intenté presentar una imagen ante los demás aparentando unos dones que no tenía; en cambio me avergonzaba, o al menos no sacaba provecho de los regalos que Dios me había dado. Tuvo que pasar mucho tiempo, hasta que la edad, los tropezones, y sobre todo la gracia de Dios, me ayudaron a conocerme como era, aprovechar mis dones, aprender a estar en mi sitio –que es el que Dios quería-, y aceptarme sin pretender ser otro.

Por otro lado, no confundamos la aceptación de nuestros propios dones con el deseo de imitar a Cristo. Recordemos palabras como: “Es necesario que yo disminuya para que Él crezca” (Jn 3:30), o “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2:20) y muchas otras similares que aparecen en las Sagradas Escrituras. Sólo el que es capaz de aceptarse como Dios le hizo, puede luego renunciar a todo para seguirle.

Hace bastantes años leí en un lugar una bella historia que ahora les transcribo y que quiere reflejar, a través de un bello ejemplo, lo que aquí se quiere decir. Trata la historia de un “diálogo” que ocurrió hace muchos años entre el agua cristalina que bajaba por un torrente de montaña y el Señor Nuestro Dios.

Ya estoy cansada de ser fría y de correr río abajo. Dicen que soy necesaria, pero yo preferiría ser hermosa, encender entusiasmos, encender el corazón de los enamorados y ser roja y cálida. Dicen que yo purifico lo que toco, pero más fuerza purificadora tiene el fuego. Quisiera ser fuego y llama”.

Así pensaba el agua de río de la montaña. Y, como quería ser fuego, decidió escribir una carta a Dios para pedir que cambiara su identidad.

Querido Dios: Tú me hiciste agua, pero quiero decirte con todo respeto que me he cansado de ser transparente. Prefiero el color rojo para mí; desearía ser fuego. ¿Puede ser? Tú mismo, Señor, te identificaste con la zarza ardiente y dijiste que habías venido a poner fuego a la tierra. No recuerdo que nunca te compararas con el agua. Por eso, creo que comprenderás mi deseo. No es un simple capricho. Yo necesito este cambio para mi realización personal”.

El agua salía todas las mañanas a su orilla para ver si llegaba la respuesta de Dios. Una tarde pasó una lancha y dejó caer al agua un sobre rojo. El agua lo abrió y leyó:

Querida hija: me apresuro a contestar tu carta. Parece que te has cansado de ser agua. Yo lo siento mucho porque no eres un agua cualquiera. Tu abuela fue la que me bautizó en el Jordán, y yo te tenía destinada a caer sobre la cabeza de muchos niños. Tú preparas el camino del fuego. Mi Espíritu no baja a nadie que no haya sido lavado por ti. El agua siempre es primero que el fuego”.

Mientras el agua estaba embobada leyendo la carta, Dios bajó a su lado y la contempló en silencio. El agua se miró a sí misma y vio el rostro de Dios reflejado en ella. Dios seguía sonriendo esperando una respuesta. El agua comprendió que el privilegio de reflejar el rostro de Dios sólo lo tiene el agua limpia, entonces suspiró y dijo:

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Sí, Señor, seguiré siendo agua. Seguiré siendo tu espejo. Gracias.”

…………………..

Descubramos la inmensa riqueza de los dones que hemos recibido. Seamos sencillos, abramos los ojos y los oídos, aprendamos a conocernos; y sobre todo, aceptémonos como Dios nos hizo. Cada uno de nosotros ha sido el resultado de acto de amor muy especial de Dios.

Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios le creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: ‘Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados, y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra.’” (Gen 1: 27-28).

Cuando Dios acabó de hacernos también dijo

“Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gen 1:31)

Padre Lucas Prados

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Para crecer en santidad (VI). Los pilares: el sacrificio

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Publicado por el P. Lucas Prado en www.adelantelafe.com

Otro de los pilares fundamentales de la vida espiritual es el sacrificio. Hay multitud de frases en el Nuevo Testamento que nos confirman la necesidad e importancia del sacrificio en la vida de cualquier cristiano. Mostremos algunas de ellas:

  • “Hay demonios que no se echan sino con oración y sacrificio” (Mt 17:21).
  • El sacrificio no es sino la otra cara del amor. No en vano dijo el Señor: “Nadie demuestra mayor amor que aquél que da la vida por sus amigos” (Jn 15:13).
  • Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere no da fruto, pero si muere da mucho fruto” (Jn 12:24).
  • “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Mt 16:24).
  • “Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1Cor 1:18).
  • “¡Que yo nunca me gloríe más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo!” (Gal 6:14)
  • “Porque muchos -esos de quienes con frecuencia os hablaba y os hablo ahora llorando- se comportan como enemigos de la cruz de Cristo” (Fil 3:18).
  • “No os olvidéis de hacer el bien y de compartir lo vuestro, porque Dios se complace en esa clase de sacrificios” (Heb 13:16) .
  • “También vosotros -como piedras vivas- sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe 2:5).
  • El mismo Dios testifica el valor del sacrificio y su amor por nosotros a través de la entrega de su propio Hijo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”(Jn 3:16).

El sentido cristiano del sacrificio y del sufrimiento

El sacrificio cristiano no tiene nada que ver con el masoquismo. Se dice que una persona es masoquista cuando obtiene placer a través del sufrimiento o dolor propios. El sacrificio cristiano tiene su origen en el amor a Cristo, y a nuestros hermanos por amor a Cristo. De este amor es de donde adquiere su significado; de tal modo que un sacrificio sin amor no es propiamente cristiano.

El sacrificio tiene su origen en la necesidad que tiene el cristiano de compartir la vida del Amado (Col 1:24). Es imposible encontrar a Cristo si se huye de la cruz. Hace años oí a alguien decir una frase, que aunque suena bastante cursi, no deja de ser verdadera: “El que busca a Cristo sin la cruz, se encuentra la cruz sin Cristo”.

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