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Los peligros de la cremación. 1º parte

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Nos enfrentamos a enormes y veloces cambios que nuestras sociedades postcristianas imponen en nuestras vidas, casi siempre con un éxito demoledor. Es necesario que sepamos discernir cuáles de estos cambios se oponen radicalmente a nuestra fe cristiana católica: aborto, eutanasia, divorcio, anticoncepción, entre otras; y que, además, sepamos aportar motivos de orden natural y de fe para saber “dar razones de nuestra esperanza” y hacer ver que nuestra posición no tiene nada de irracional o fundamentalista.

De entre esas prácticas “modernas”, que en realidad no lo son en absoluto, destaca una que está arrasando en nuestra sociedad ante la pasividad inexplicable de la jerarquía y de la masa anónima pseudocristiana: me refiero a la cremación de los cadáveres o incineración como alternativa a la inhumación o entierro de nuestros difuntos.

La cremación ha sido considerada hasta finales del siglo pasado como una práctica contraria a la fe cristiana y en consecuencia la Santa Madre Iglesia la prohibía de un modo tajante y claro.

En la actualidad, acorde con los nuevos tiempos libertarios, la Iglesia Católica no la condena ni de modo claro ni tampoco tajante. El Código de Derecho Canónico vigente en la actualidad reza así: “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana”.

Se puede entrever la intención de mantener la doctrina milenaria sobre esta práctica sin atreverse a condenar la práctica contraria, insinuándose que esta puede ser elegida por motivos no contrarios a nuestra fe. Incluso en el actual panorama, no se le debe ocultar a los fieles que “todavía” en la actualidad la Iglesia sigue aconsejando “vivamente” la práctica de la inhumación, como práctica piadosa y que quiere que se conserve. A tenor del canon, la elección de la cremación tendría que estar justificada por alguna razón de peso que evidenciara que no se opone a la fe de la Iglesia Apostólica. Lamentablemente, esto nunca sucede, porque, o bien no se da ninguna, o, cuando se hace, suelen ser siempre cursilerías o vaguedades.

La práctica de la cremación en sí misma considerada, en abstracto, no supone dificultad alguna para nuestra fe cristiana, puesto que el alma es inmortal, y Dios resucitará a todos, buenos y malos, sin importar la suerte que haya corrido el cadáver de cada cual. Podemos considerar casos extremos en los que se puede incluso hacer necesario el tener que prender fuego a un barco o a una ciudad entera con todos sus cadáveres por evitar que se desatara una pandemia. Y podríamos imaginar múltiples casos similares en los que no cabría sepultar debidamente a los muertos con imposibilidad física o moral. Nada habría que objetar ni desde el punto de vista teológico ni moral.

Pero la fe no se vive en abstracto, sino en lo concreto. El vivir humano se da en lo cotidiano, en lo tangible, y necesita de unas tradiciones, de unos ritos, de unas normas, de unas leyes, de una cultura... Transformar de modo tan drástico costumbres que afectan íntimamente la concepción de la vida y de la muerte trae irremediablemente consecuencias. Es labor nuestra, como seres inteligentes, preverlas. Los enemigos de la Iglesia siempre han querido acabar con la piadosa costumbre de enterrar a los difuntos porque saben que es un formidable muro de protección de nuestra fe. Se me dirá que la Iglesia "no lo prohíbe" ahora, y es cierto "siempre que no haya sido elegida por razones contrarias a la fe cristiana", y, además, todavía sigue "aconsejando vivamente que se conserve la piadosa costumbre de la inhumación" cosa que casi siempre se oculta.

El poder de la mentira es hoy más fuerte que nunca y por eso la labor de nosotros, los pastores de la Iglesia, tiene que ser más atenta y vigilante que nunca. Voy a dejar para otra ocación, por no agotar ni confundir a los lectores, consideraciones de tipo antropológico y cultural que nos hacen ver hasta qué punto es importante el tema del rito funerario. Intentaré, en la próxima ocasión, plantear por qué la práctica más acorde con la naturaleza humana es también la que la Iglesia ha practicado siempre y cómo las prácticas que en otros tiempos condenaba además de violentar la naturaleza de las cosas hacen más difícil la propagación de nuestra fe.

Si mi análisis es correcto, la cremación va a terminar por convertirse en un gran problema. si es que no lo es ya, porque la práctica se extiende a un ritmo alarmante, ya en Chile es imparable desde el momento en que todopoderosas organizaciones, algunas relacionadas con movimientos cristianos, convencen con una belicosa y sofisticada estrategia mercantil a multitud de Capillas, Parroquias, y otros centros de culto a que construyamos los ya conocidos “columbarios” y promuevan esta práctica pagana.

Desde una macro perspectiva podríamos decir que el Enemigo sale al campo de batalla elaborando una estrategia exitosa que busca aplastarnos entre dos flancos:

  1. Por un extremo se extiende un materialismo hedonista y ramplón de corto alcance pero muy efectivo. Éste no requiere grandes justificaciones teóricas. Se trata de divertirse y pasarlo bien, a todo trapo: sexo, drogas, alcohol... todo te es lícito, sobre todo si eres joven, para eso has venido a este mundo, no pienses en el mañana, ni te plantees problemas que puedan echar la fiesta a perder.
  2. Por el otro lado se extiende un espiritualismo falso, pseudo-místico y gnóstico con tintes sincretistas y orientalistas, reencarnacionista, que reduce el alma del hombre a una fuerza cósmica y cíclica, y tiende a un confuso panteísmo. Se trata de un pensamiento que viene a llenar el vacío de lo “sobrenatural” que deja la otra perspectiva, y así, ambos, en apariencia irreconciliables, entre sí se complementan.

Tenemos que reconocer que esta estrategia le está deparando excelentes resultados. Estamos viendo como, mientras la sociedad abandona la verdadera fe católica y se deja llevar por el materialismo más burdo, las sectas de todo tipo hacen su agosto. Pero para que esta estrategia tenga éxito hay que cambiar ciertos hábitos de la gente. Sobre todo aquellos están arraigados en las prácticas milenarias cristianas. Uno de ellos, quizá de los más importantes, aunque se podrían señalar muchos otros, sea el de la inhumación. La inhumación supone darle una gran importancia al cadáver.

La importancia del cadáver proviene de nuestra fe en la Resurrección de la carne, o Resurrección de los muertos, y a su vez de la fe en la Resurrección de Cristo.

También deja de manifiesto la irrepetibilidad de la vida humana y por eso mismo su importancia. La vida humana nunca es algo baladí, que se pueda repetir una y otra vez sin cesar. Algo así como repetir la jugada si nos sale mal, como si no tuviera la mayor importancia. Además, en una correcta concepción antropológica cristiana al hombre se le concibe de un modo unitario: en donde el hombre no es sólo el alma (aunque esta sea la que subsista al cuerpo) ni tampoco es sólo su cuerpo, sino cuerpo y alma.

Insisto en que esta estrategia del Enemigo sólo puede tener éxito si elimina de en medio la presencia física del cadáver. Y aquí es donde vemos como las dos tendencias indicadas anteriormente vuelven a coincidir desde perspectivas aparentemente contrarias: para el materialista porque no cree en la existencia de otra vida después de esta y sólo piensa en disfrutarla de modo superficial no hay por lo tanto otra vida ni resurrección ni nada de nada; y para un moderno gnóstico tipo New Age, o cualquier otro, que cree en la reencarnación, en donde lo único importante es el alma que se purifica en esta vida a través de un incesante círculo de reencarnaciones sucesivas, tampoco cabe ni pensar en la resurrección de la carne. Ambos se intranquilizan ante la presencia del cadáver, ambos necesitan que desaparezca cuanto antes. La manera más sencilla es convertirlo completa e instantáneamente en cenizas: la moderna cremación.

No hace falta ser muy profeta para prever que en el curso de una generación, si no antes, la creencia en la reencarnación será mucho más grata, aceptable y verdadera para muchos que el dogma que la Iglesia predica: La fe en la Resurrección de la carne. Y entonces podríamos decir junto a San Pablo que “vana es nuestra fe y vana es nuestra esperanza”.