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Testimonio de un Converso a la Cremación

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Para darle a nuestro blog un poco de pluralidad y diversidad se me ha ocurrido, espero que no me equivoque, subir el testimonio de una persona que mantiene la posición contraria a la que se sostiene en esta página. Creo que también puede ser interesante como botón de muestra de lo que se nos viene encima. A través de este contraejemplo advertimos un poco, creo yo, cómo el panorama se puede poner mucho más dífícil y complejo de lo que a primera vista podría parecer.

Casi está de más advertir que hay que leerlo con juicio crítico. Léanlo, por lo tanto, sólo aquellas personas adultas que cuenten con un adecuado criterio moral, y que el resto, por favor, se abstenga.

 

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Los peligros de la cremación. 1º parte

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Nos enfrentamos a enormes y veloces cambios que nuestras sociedades postcristianas imponen en nuestras vidas, casi siempre con un éxito demoledor. Es necesario que sepamos discernir cuáles de estos cambios se oponen radicalmente a nuestra fe cristiana católica: aborto, eutanasia, divorcio, anticoncepción, entre otras; y que, además, sepamos aportar motivos de orden natural y de fe para saber “dar razones de nuestra esperanza” y hacer ver que nuestra posición no tiene nada de irracional o fundamentalista.

De entre esas prácticas “modernas”, que en realidad no lo son en absoluto, destaca una que está arrasando en nuestra sociedad ante la pasividad inexplicable de la jerarquía y de la masa anónima pseudocristiana: me refiero a la cremación de los cadáveres o incineración como alternativa a la inhumación o entierro de nuestros difuntos.

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Cambios en el panorama social ante la muerte: Según un antes y un después.

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Los cambios en torno a la praxis de todo lo referente a la muerte del ser humano merecen nuestra atención en la medida en que puedan afectar nuestras creencias. ¿Cómo los cristianos enfrentábamos el ineludible hecho de la muerte en días pretéritos? ¿Y cómo lo hacemos ahora?

Establecer un antes y un después es siempre arriesgado y un tanto arbitrario, espero que se me juzgue con clemencia y que se vea el tema en su conjunto para evitar que la discusión de los detalles menores, al menos de momento, nos impida alcanzar el nivel de asombro necesario para iniciar una reflexión adecuada. Responder a las preguntas: qué nos ha pasado, y por qué, vendrá en una posterior ocasión. Por ahora nos bastará con relatar los hechos desde ambas perspectivas, utilizando los testimonios que estén a nuestro alcance.

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La Miseria de nuestra catequesis (3ª y última)

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Como ocurrió con el niño del popular y conocido cuento de "El Nuevo Traje del Emperador" es necesario que alguien diga algo tan evidente y a la vista de todos como que el Rey va desnudo, para que a pesar del alboroto que se forme, sirva para que el pueblo llano se libre de complejos y se exprese con libertad por encima de los clichés y tópicos de los expertos.

Para el que quiera ver la realidad, la catequesis se ha vaciado de contenido, del contenido que le es propio: la fe católica y apostólica. Se ha convertido, por lo tanto, en una catequesis de nada, o lo que es lo mismo, una nada de catequesis. En el mejor de los casos, si los contenidos existen, han pasado a un segundo o tercer plano. Y en los peores se transmiten contenidos contrarios a nuestra fe. Se llega, de este modo, a la máxima paradoja de la "anticatequesis" como la forma más pura, si fuera posible calificarla con esta palabra, de ejemplificar nuestro pervertido estado actual.

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La Miseria de nuestra catequesis (2ª parte)

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Venciendo mi natural impulso a no complicarme la vida, me animo a seguir reflexionando sobre el tema de la catequesis. Sobre todo porque veo con tristeza y con cierta impotencia, pero sin sorpresa ni molestia por mi parte el que a algunos les sea muy difícil aceptar lo expuesto en el artículo anterior.

Lo primero que necesito para poder avanzar en mi modesta reflexión es el reconocimiento de la enfermedad. Aceptar lo que considero un dato objetivo: Los resultados de nuestra catequesis son pésimos. Sólo si se está de acuerdo con esta afirmación podremos pasar a la siguiente étapa: la de diágnóstico o análisis de las causas. Evidentemente, si no se acepta este punto de partida, ¿para qué seguir? No podemos curar una enfermedad que se dice no padecer. Propongo entonces al lector que deje de leer aquí y que dedique sus esfuerzos a otra cosa.

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